Hace casi un año y medio, una persona que me había visto en un medio de comunicación presentando mi primer libro, me comentó durante un encuentro posterior que le había gustado todo lo que había dicho, salvo una cosa, la frase “si no estás en Internet, no existes”, alegando que si eso fuera cierto, su abuela no existiría. Enseguida le expliqué que, obviamente, no hablaba de existencia personal, sino profesional; pareció comprenderme, aunque no se quedó a gusto. No me considero un especialista en redes sociales (sí lo es mi compañera en esta firma consultora), aunque el correcto manejo de la comunicación e imagen de personas y agrupaciones implica conocer bien todo lo relacionado con ellas, y después de muchas experiencias, unos cuantos meses después de la anécdota mencionada, solo puedo reafirmar aquella frase que me pronuncié casi inconscientemente.
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Publicaba en este blog, hace unas semanas, un artículo sobre las personas intuitivas, aquellas que viven en un estado esencial, lo que les otorga la posibilidad de interpretar los mensajes de su conciencia para tomar mejores decisiones. Sin embargo, existe otro camino, el del bloqueo y la obstaculización, el del victimismo y el complejo, el de la autodestrucción, al fin y al cabo; y lo que es peor, la necesidad de contagiar esos pésimos sentimientos y actitud al entorno. Me refiero a las personas que piensan que la vida es un camino de sufrimiento marcado por unos pocos momentos de alegría, las mismas que miran con recelo los avances de otros, y excusan el éxito ajeno con calificativos como “suerte” o “ayudas”, para autoengañarse y forzar la validez de su filosofía. Todas ellas pertenecen al grupo de lo que he llamado ‘estados depresivos’, no porque padezcan necesariamente dicha enfermedad, sino porque representan la inevitable oposición negativa a quienes muestran una actitud más empática y animada. |
Miguel Ángel Matilla Blanco: coach, consultor y escritor
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Octubre 2017
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